
A primera vista, al ver cómo confluyen los ríos Amazonas y Negro, la ciudad de Manaos parece más un puerto marítimo que la capital de la selva brasileña.
Son ocho kilómetros de orilla a orilla. Es decir, el mismo espacio que ocuparía siete veces el parque Simón Bolívar de Bogotá, y que hace que sea imposible ver tierra firme al otro lado.
Manaos, con 1,7 millones de habitantes y su pasado glorioso, producto de la fiebre del caucho en el siglo XIX, es el punto de partida del recorrido, aguas abajo, por los ríos Negro y Amazonas, en el tramo conocido como Solimoes, en la triple frontera entre Brasil, Colombia y Perú.
El viaje, de cuatro días, se puede hacer en un crucero de la compañía Iberostar, el único que ofrece este itinerario, y en unas condiciones que sorprenden en medio del exótico paisaje del Amazonas.
Este recorrido, que para muchos podría entenderse como una aventura llena de calor, bichos y humedad extrema, resulta ser, a bordo del crucero, una experiencia placentera. El contraste es notorio desde el primer encuentro con la embarcación.
Al lado del crucero, una especie de edificio flotante de cinco pisos, con ascensor incluido, se ven varias lanchas pequeñas, que son el medio de transporte que turistas y nativos usan para conocer el río Amazonas.
En la nave, que tiene capacidad para 150 pasajeros, los miembros de la tripulación nos reciben con el delicioso guaraná, un jugo de fruta de sabor parecido al lulo.
Una amplia escalera conduce a los camarotes, que nada tiene que envidiar a las de un hotel cinco estrellas. Tienen cama blanda, televisión por satélite, aire acondicionado y, lo mejor de todo, un balcón con dos sillas y una mesa desde donde se puede apreciar el primer atardecer del viaje.
Las comodidades del barco se destacan también en la cubierta. Allí, con el esplendor de la selva a pocos metros y con el murmullo del Amazonas al lado, es posible disfrutar el jacuzzi y la piscina o, si se quiere, recostarse en una silla para asolearse y observar la selva inundada, que por esta época es la constante.
La vida es tan fácil aquí, que si el hambre acosa no es necesario bajar hasta el primer piso porque en la misma cubierta se consiguen todo tipo de comidas rápidas y las tradicionales cervezas brasileñas, la seca Bohemia o la refrescante y popular Brahma.
Las noches a bordo son para contemplar el cielo estrellado y estar atentos a la sinfonía que se forma cuando los animales de la selva unen sus voces.
Entregados a la selva
A pesar de las comodidades disponibles en el barco, es al Amazonas adonde hemos venido. Así que, al menos por unas horas, abandonamos el aire acondicionado de la enorme sala del barco y los refrescantes chapuzones en la piscina de la cubierta para aventurarnos a la selva.
Subimos a una lancha rápida y, siguiendo los pasos de nuestros guías, nos internamos en una especie de laberinto verde, donde sería muy fácil perdernos si viniéramos por nuestra propia cuenta. Llegamos a un claro de la selva y desde allí emprendemos una corta caminata, pero bajo una temperatura de 40 grados a la sombra y con una humedad asfixiante.
A fuerza de machete, uno de los guías raspa la corteza de un enorme árbol llamado sumauma y, en cuestión de segundos, una hormiga serpentea por entre la lámina de metal.
El hombre nos cuenta que esta especie es conocida con el nombre de tucandeira, y que es parte central de un ritual en el que los adolescentes de algunas tribus de la zona pasan a la adultez. Al aspirante a hombre lo someten a las picaduras de cientos de estas hormigas, en brazos y piernas, durante dos horas. Si soporta el sufrimiento, sale de allí con derecho a cazar.
Mientras oímos la historia, el sol sigue martillando con fuerza a través de los árboles y nos obliga a tomar frecuentes tragos de agua. El guía se refiere ahora a una leyenda menos violenta, y que involucra a los delfines rosados, los mismos que es posible ver al amanecer, asomándose y saltando en las aguas tibias. Se dice que si uno de ellos mira a los ojos a una mujer por algunos segundos, ella quedará embarazada muy pronto.
El mediodía se acerca y ya hemos soportado bastante la humedad, los bichos y el calor. Entonces, emprendemos el regreso al confortable oasis que es el barco, donde nos espera un almuerzo en el sofisticado restaurante Kuarup para probar la especialidad de la casa: el pescado pirarucú, acompañado con farina (harina de yuca) y una ensalada.
Luego de un descanso, por la tarde la lancha vuelve a partir hacia la floresta inundada para pescar algunas pirañas. Otra dosis de naturaleza, pequeña pero intensa, que nos hace apreciar aún más la nave que nos ha traído desde Manaos.
En otra salida a la selva visitamos a una familia de nativos que viven en una población llamada Yanacuamá, y cuyos miembros, fieles seguidores del Flamengo, nos hacen ver que el fervor por el fútbol es algo que en Brasil no se apaga ni en la selva.
Volvemos al barco y en pocas horas estamos de regreso en Manaos, casi sin darnos cuenta por estar inmersos en una fiesta que se ha organizado en el bar con varios pasajeros, que disfrutan la música y el baile sensual de algunas garotas. Allí, en medio del jolgorio y de constantes brindis con caipiriña, el aguardiente brasileño, estamos de regreso en tierra firme.
Si usted va
Los colombianos no necesitan visa para viajar a Brasil. Bastan el pasaporte y la vacuna contra la fiebre amarilla. Una noche en el crucero cuesta entre 668 y 1.937 reales (668.000 y 1’937.000 pesos colombianos), según el tipo de habitación.
Llegar a Manaos ahora es mucho más facil. En junio pasado la Aerolínea Gol, subsidiaria de Varig, estrenó una conexión directa entre Bogotá y Manaos. Los vuelos salen los miércoles, viernes y domingo a las 8:30 de la noche. El costo del pasaje es de 600.000 pesos- Informes: www.iberostar.com.br